El Santo Padre reconoció que esta invitación a guiar el
Santo Rosario en el primer sábado del mes de mayo le hizo recordar
esta bella tradición que vivió desde su infancia. De hecho,
explicó el Papa, en la experiencia de su generación “las
noches de mayo evocan dulces recuerdos ligados a las citas vespertinas
para rendir homenaje a la Virgen”, en los patios de las casas y las
plazas de los pueblos.
Benedicto XVI enfatizó que hoy por hoy, juntos podemos confirmar
que “el santo Rosario no es una pía práctica relegada al
pasado, como oración de otros tiempos en los que pensar con nostalgia”.
En cambio, agregó el Papa, “el Rosario está conociendo
casi una nueva primavera” y esto es, sin duda, “uno de los signos más
elocuentes del amor que las jóvenes generaciones nutren por Jesús
y por su Madre, María”.
“En el mundo actual tan disperso, esta oración nos ayuda a poner a Cristo
en el centro, como hacía la Virgen, que meditaba interiormente todo aquello
que decía su Hijo, y luego aquello que Él hacía y decía.
Cuando se reza el Rosario, se reviven los momentos importantes y significativos
de la historia de la salvación, se recorren las varias etapas de la misión
de Cristo”.
El Papa subrayó que junto a María se orienta el corazón
al misterio de Jesús, se coloca a Cristo en el centro de nuestra
vida, de nuestro tiempo y de nuestras ciudades mediante la contemplación
la meditación de sus santos misterios de alegría, de luz,
de dolor y de gloria. Y así el Papa invocó a la Virgen.
“Nos ayude María a acoger en nosotros la gracia que emana de estos misterios,
para que a través de nosotros, pueda irrigar a la sociedad a partir de
las relaciones cotidianas, y purificarla de tantas fuerzas negativas abriéndola
a la novedad de Dios. El Rosario, cuando es rezado de manera auténtica,
no mecánica y superficial sino profunda, trae paz y reconciliación.
Contiene en sí la potencia sanadora del Nombre santísimo de Jesús,
invocado con fe y con amor en el centro de cada Ave María.
Benedicto XVI invitó a los fieles a agradecer a Dios que nos ha
concedido el poder vivir esta bella gracia en las próximas tardes
de este mes mariano, y aunque estemos distantes, cada uno en sus propias
familias y comunidades podrán sentirse igualmente cercanos y unidos
en la oración. Y recordando que en estos días nos estamos
preparando para la solemnidad de Pentecostés, el Papa exhortó a
permanecer unidos a María invocando para la Iglesia una renovada
efusión del Espíritu Santo, y como en los orígenes,
pidiendo a María Santísima que ayude a los fieles de cada
comunidad cristiana a formar “un solo corazón y una sola alma”.
“Les confío las intenciones más
urgentes de mi ministerio, las necesidades de la Iglesia, los grandes
problemas de la humanidad: la paz en el mundo, la unidad de los cristianos,
el diálogo entre todas las culturas”.
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