Domingo 28º del Tiempo Ordinario

- CICLO C -

Autor: Fr. Carlos Lledó López O.P.

 

 

     MEDITACIONES PARA EL AÑO LITÚRGICO

Guía didáctica apropiada para
Sacerdotes, Religiosos y Catequistas.

 


 

 DOMINGO VIGÉSIMO OCTAVO – CICLO C
                 
      

La meditación de los misterios gozosos del Rosario dispone nuestro espíritu acoger a Cristo. Nos ayudan a purificarnos del pecado, a intensificar la vida de fe y a reencontrarnos con Cristo.

 

PRIMERA LECTURA. Libro 2º de los Reyes 5, 14-17.

La necesidad de purificación.

El Antiguo Testamento va marcando el camino de preparación para recibir al Señor. Para ello, es necesaria la purificación de todo pecado.

Es lo que el Profeta Eliseo, en nombre de Dios, pide a Naamán, general pagano: bañarse siete veces en el río Jordán para quedar libre de la lepra, símbolo del pecado.

Es lo que Dios nos pedirá en el Nuevo Testamento: ser bañados en las aguas del Bautismo para quedar libres del pecado, para recibir la gracia de Cristo, para ser hijos de la Iglesia, para recibir los sacramentos... para vivir y obrar como cristianos.
 


 

El don de la fe.

El pagano Naamán recibe el don de la fe y rinde culto al verdadero Dios. Nosotros recibimos el don de la fe en el sacramento del Bautismo: el don de poder decir creo en Dios Padre todopoderoso, y rendirle el culto debido con nuestra vida y nuestras obras.
 

Invocación mariana.

Santa María: eres Madre de nuestra fe porque eres la Madre de Cristo. Tu vida es un acto permanente de culto a Dios. Enséñanos a ser fieles al don de la fe que hemos recibido por tu mediación y a saber hacer de nuestra vida un acto de culto a Dios Padre, por medio de Jesucristo, en el amor del Espíritu Santo.

 

SEGUNDA LECTURA. 2ª Timoteo 2, 8-13.

El centro de nuestra fe.

¿Dónde está el centro de nuestra fe? El centro de nuestra fe es Cristo Redentor.

Ser cristiano es tener a Cristo como centro de nuestro ser y obrar. Hagamos memoria de Jesucristo que nos redime con su sangre, del Evangelio que nos transmite sus enseñanzas, de la Iglesia que nos ofrece la gracia de Cristo, de los Mandamientos de la Ley de Dios que hemos de guardar para salvarnos.
 

El camino de la fidelidad.

El camino de la fidelidad a Cristo no es fácil. Vivir como cristianos siempre y en toda circunstancia, confesar públicamente la fe, vivir según sus exigencias… puede conllevar el padecer por el nombre de Cristo, el ser incomprendidos y perseguidos, el riesgo del martirio... esto es: morir para vivir eternamente con Cristo, perseverar para reinar con Él.
 

Invocación mariana.

Santa María: tu vida tiene como centro y razón de ser, sólo a Jesucristo. Vives en Él, por Él y para Él. Enséñanos a vivir centrados en Jesucristo, en comunión con Él, y a ser iconos de tu Hijo en medio del mundo.

 

TERCERA LECTURA. San Lucas 17, 11-19.

Cristo nos sana.

Necesitamos reencontrarnos con Cristo. Cargamos con la debilidad de la voluntad y, consecuentemente, la lepra del pecado personal y colectivo.
 

Gritamos a Cristo como los leprosos del Evangelio: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. Si nuestra oración es sincera, Cristo nos perdona – nos cura- en la Iglesia por medio del Sacramento de la Penitencia, y fortalece nuestra debilidad por medio de la Eucaristía. Dejémonos curar y fortalecer por Cristo.
 

Seamos agradecidos.

Seamos agradecidos. Volvamos a Cristo –sólo un leproso curado volvió a Cristo- para darle gracias por el don del perdón, por la experiencia de su amor y misericordia, por el Sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía. Vivamos el don de la fe y la experiencia de los sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía.
 

Invocación mariana.

Santa María, Salud de los enfermos de alma y de cuerpo porque eres Corredentora y Medianera. Acudimos a Ti, por medio del Rosario, para que nos acojas como Madre y nos obtenga de tu Hijo el perdón –la sanación- que necesitamos. Confiamos en tu acción maternal.

 



       

 
 


      Elaborado por Fr. Carlos Lledó López, O.P.