Domingo 10º del Tiempo Ordinario

- CICLO A -

Autor: Fr. Carlos Lledó López O.P.

 

 

     MEDITACIONES PARA EL AÑO LITÚRGICO

Guía didáctica apropiada para
Sacerdotes, Religiosos y Catequistas.

 



 

DÉCIMO DOMINGO – CICLO A.
                 
 

El Rosario alimenta nuestra fe porque ayuda a profundizar en el conocimiento de Dios, de su amor y misericordia, por la meditación de los misterios de la infancia, de la vida pública, pasión y resurrección de Jesucristo.

La Palabra de Dios nos invita hoy a meditar sobre el don de la fe y sus exigencias. Lo hacemos con la Virgen María al compás de los misterios luminosos del Rosario.

 

PRIMERA LECTURA. Oseas, 6, 3b-6.
 

Necesidad de la fe.

No podemos vivir sin fe sobrenatural. La fe es la luz que ilumina el camino de la salvación y dicta lo que hemos de creer y obrar para salvarnos. No tener fe, es caminar en tinieblas, desorientados, sin posibilidad de salvación.

El contenido central de la fe es el Señor. Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora y su sentencia surge como la luz.

Renovemos el acto de fe: creo en el Señor, Dios nuestro, principio y fin, Creador y Redentor... ¡Señor mío y Dios mío!
 

La fe es don sobrenatural.

El acto y el hábito de la fe sobrenatural no lo podemos causar nosotros. Lo causa Dios. Es un don sobrenatural. Bajará a nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra.

Pedimos el don sobrenatural de la fe, vivir y crecer en él hasta alcanzar la meta. Señor, yo creo, pero aumenta mi fe.
 

Cultivemos el don de la fe.

El don de la fe es un tesoro que tenemos que cultivar viviendo en verdad. Que no sea como nube mañanera, como rocío que se evapora que pueda poner en riesgo el don de la fe.

Cultivamos el don de la fe viviendo en gracia de Dios, por los sacramentos, por la virtud sobrenatural, por la oración, por el amor a la Virgen.
 

Invocación mariana.

Santa María, Madre de los creyentes, ayúdanos a ser fieles al don de la fe y a vivirlo con todas sus consecuencias.

 

SEGUNDA LECTURA. Romanos, 4, 18-25.
 

Abrahán, modelo de fe.

Abrahán se entrega en fe al plan de Dios: tener un hijo en la ancianidad que abrirá el cumplimiento de la promesa de Dios para ser padre de muchas naciones.

Es una fe firme. No duda del cumplimiento de la promesa de Dios a pesar de su ancianidad. Ante la promesa no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte en la fe por la gloria dada a Dios al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual le fue computado como justicia.
 

Nuestra fe.

Nuestra fe se centra en Jesucristo. Creemos en Jesucristo. Es el Hijo de Dios, Dios como el Padre. Se ha hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Que nos congrega en la Iglesia.

Es la fe que nos justifica y nos salva. A ejemplo de Abrahán, creemos siempre y en toda circunstancia, cuando entendemos y no entendemos los caminos de Dios, en los momentos fáciles y en los difíciles, en la salud y en la enfermedad... Siempre creemos en Dios y aceptamos sus planes que son designios de salvación.
 

Invocación mariana.

María, modelo de fe porque aceptaste sin condiciones el plan de Dios: ser Madre y Virgen. Enséñanos a decir siempre sí al plan de Dios sobre nosotros. Que nuestra vida a ejemplo tuyo sea un sí sostenido con sabor de Magnificat.

 

TERCERA LECTURA. San Mateo 9, 9-13.
 

La fe, don universal.

Todos somos invitados a recibir el don de la fe: los fariseos y los pecadores, los judíos y los gentiles...

Mateo, publicano y recaudador de impuesto, recibe la invitación de Jesús: Sígueme. Es una invitación a creer en Jesucristo, a seguirlo, a ser de los suyos, de sus íntimos. Y Mateo aceptó el don de la fe y creyó sin condiciones: Se levantó y lo siguió.

Nosotros tenemos fe porque hemos recibido la llamada de Jesús y le hemos dicho sí a ser de los suyos. Renovemos nuestro sí como bautizados que seguimos al Maestro en la vida seglar, consagrada o sacerdotal.
 

La fe, don de la misericordia.

Los fariseos no entienden a Jesús: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores? Y Jesús responde que ha venido para prestar atención a los enfermos, no a los sanos, no he venido a llamar a los juestos, sino a los pecadores.

Es un canto a la Misericordia divina. Jesús es la revelación de la Misericordia del Padre. Se conmueve ante el pecado de la humanidad, soluciona nuestra situación con la obra de la redención y nos ofrece a todos el don de la fe.

Aceptamos el don de la fe y damos gracias: ¡Señor mío y Dios mío! Gracias por la Redención que me perdona y por el don de la fe que me marca el camino de la salvación.
 

Invocación mariana.

Madre de Dios y Madre nuestra, deseamos vivir y morir con el Rosario que nos ayuda a profundizar en el centro de nuestra fe: el conocimiento, el amor y la imitación de Nuestro Señor Jesucristo.

Contigo damos gracias por el don de la fe que hemos recibido y en la que deseamos perseverar hasta el final.

        
 





 








 

 
 


      Elaborado por Fr. Carlos Lledó López, O.P.